viernes, 20 de enero de 2012

Rendirse a la evidencia


El otro día fui al ballet. El lago de los cisnes. Os preguntaréis qué hago hablando de ballet en el blog de Adervet. Más que deformación profesional, yo creo que en mi cabeza broto un "paralelismo lógico", o simplemente, ésta se rindió a la evidencia.
Los gráciles cuerpos de las bailarinas y sus delicados movimientos son un hermoso elogio a la elegancia del cisne. No es necesario ser un entendido en danza -yo no lo soy- para dejarse atrapar por el encanto y la simbología de esta Obra, con mayúsculas, del ballet. A través de la vista y el oído, mis sentidos y mi imaginación se sabían, de algún modo, trasladados a un escenario natural mágico e indeterminado. Me dejé fascinar por la belleza y la perfección animal, de cualquier especie, desde el cisne al ser humano. Y no pude dejar de pensar que la naturaleza es hermosa y que cada uno de sus seres contiene toda la magia de "Natura" en su interior.
Los humanos urbanitas, inmersos en nuestra acelerada vida rodeada de asfalto, ladrillos y edificios gigantes, olvidamos muchas veces que formamos parte de esa naturaleza elegante y armoniosa. Pero ahí están ellos, el árbol de la plaza, la ardilla del parque, la urraca con su frac, el pequeño gorrión, los geranios de nuestra ventana, o nuestra querida mascota, para recordarnos que también somos viento, agua, pradera, roca...
No es raro que artistas de todos los tiempos hayan inmortalizado a las difrentes especies en sus obras; desde el Evangelio -la mula y el buey calentando a Jesús, ahora que acabamos de celebrar la Navidad-, hasta las Meninas de Velázquez, pasando por El Quijote, es difícil encontrar alguna obra artística donde no estén presentes. Nuestra historia es indisoluble de la naturaleza y del resto de los seres vivos, en realidad su historia es nuestra historia, aunque en ocasiones seamos capaces de olvidarlo.